Laguna Yanayacu

El sánduche de atún se nos quedó en las gargantas. Sabíamos que estábamos vivos por los estruendos -no latidos- del corazón, pero la sangre estaba completamente helada por el susto. Miramos entre las ramas de los árboles esperando lo peor, imaginando una boca enorme que nos tragaba sin masticarnos y escupía nuestros restos en medio de la laguna.

De repente todo volvió a la normalidad y un silencio funerario reinó en el lugar. El guía kichwa Olmedo Cerda, el biólogo Wilfred Clarke, Jorge Quimí, nuestro acompañante Pedro Álvarez y yo cruzamos miradas de complicidad rastreando el perímetro donde están ubicadas las sagradas piedras con el mapa del preciado tesoro inca, escondido por el general Rumiñahui al enterarse de que su hermano -quizá de sangre- Atahualpa había sido asesinado por el conquistador español Francisco Pizarro.

Continuamos inspeccionando el lugar con la idea de que el protagonista del espectáculo circense era un mono grande que salió a nuestro encuentro. Los petroglifos estaban casi perdidos en las piedras por el paso de los siglos, por lo que tuvimos que remarcarlos con mucho cuidado con tiza para tratar de descifrar su significado. Pero fue inútil.

Eran solo laberintos, rostros, lagunas incandescentes e imágenes de reptiles que a simple vista no decían nada. Las únicas explicaciones estaban en nuestra imaginación. Tal vez la ruta del inca y el lugar exacto donde estaba escondido el tesoro que iba a ser entregado a los españoles como rescate del último emperador inca.

Las imágenes de cuatro lagunas estaban incrustadas en las piedras, por lo que se hacía difícil saber cuál de ellas albergaba el oro.

La imagen del rey, cuya corona se asemejaba a una flecha, apuntaba hacia la derecha y hacia allá nos dirigimos. Un halo de nostalgia nos invadió por unos minutos, caminábamos tres pasos y regresábamos como si nos hubiésemos olvidado algo importante. Tocamos las piedras por última vez y emprendidos la caminata hacia una de las lagunas negras.

Bajamos aproximadamente 10 metros entre una selva agreste siguiendo al travieso Olmedo, quien no se cansaba de machetear el camino lleno de ramas caídas por el cansancio de miles de años. Nuestros pies aún se hundían en el fango y el calor se hacía insoportable. Había ejércitos de hormigas negras cargando hojas secas hacia un agujero ubicado en un tronco.

De pronto el remezón de los árboles apareció de nuevo, esta vez más violentamente que cuando estábamos en las piedras. Olmedo paró la marcha y cargó su rifle apuntando hacia quién sabe dónde. Nos sentíamos en una de las escenas de la película Depredador, donde Arnold Schwarzenegger intentaba defenderse de un extraterrestre invisible.

Cuando todos esperábamos enfrentarnos a la anaconda que había salido de su guarida a proteger el oro sagrado, un tapir salió corriendo entre los árboles tropezando a cada paso. La posibilidad de cazar se pasó para Olmedo, quien solo atinó a sonreír después del susto.

Veinte metros más y el indígena nos mostró la laguna que aún estaba lejos de nosotros. Parecía como si a cada paso que dábamos ella se alejaba más, perdida entre los árboles.

Pero el efecto óptico se disipó minutos más tarde cuando Olmedo y Pedro entraron por un arco natural a las orillas. Parecía increíble que cientos de años después de la conquista aún hayan vestigios de presencia indígena.

El reloj marcaba las 13:00 cuando logramos tocar el agua con las yemas de los dedos. Los sobresaltos continuaron con la aparición de un pequeño caimán que se lanzó a las profundidades de la laguna, de cuyo centro emergían extrañas burbujas.

La laguna mide aproximadamente 500 metros de longitud y es una circunferencia exacta, tal vez hecha por el hombre para fines aún no definidos.

La idea de sumergirse en ella nos da escalofrío. “Solo con las maquinarias adecuadas sería posible una exploración total de la laguna, ya lo intentaron hacer unos canadienses e ingleses que intentaron vaciarla construyendo canales a su alrededor pero salieron corriendo despavoridos sin explicar lo que pasó. Incluso abandonaron sus pertenencias y no regresaron más”, trata de explicarnos Olmedo.

Tal vez sea mejor así. El oro estará mejor escondido que en manos de una civilización enceguecida por la ambición sin límites…

El Derrotero de Valverde, en una versión más antigua, parece que fue dictado por un indio, pues en varios párrafos se refiere despectivamente al blanco barbudo español enemigo de nuestra raza pura.

“Si quieres tener la ambición del blanco barbudo español, enemigo de nuestra raza pura, nunca des este derrotero que te voy a dejar, pues habiendo ido hasta nuestros cerros del sol los tres Llanganatis, meterás las manos en la laguna encantada y sacarás el oro, ambición del barbudo blanco y corregidores de Tacunga y Ambato, que nuestras razas siempre les mandarás oprobios y maldiciones pidiendo a Dios Viracucha haga justicia para que siempre queden en poder de nuestra tierra y que nunca descubran los barbudos.

Así te doy y te indico el derrotero que debes seguir sin avisar ni notificar a ninguno de los blancos que quieren vencer nuestros dominios.

“Te pondrás en el pequeño pueblo de Píllaro suelo de nuestro gran Rumiñahui, allí preguntarás por el Moya que era de Rumiñahui, seguirás hacia las alturas frías hasta llegar a nuestro cerro del Guapa a cuya punta, si es que el día fuese de bueno, mirando siempre el lado de donde sale el solo sea el pueblo de Ambato que tendrás siempre a las espaldas y fijándote tus ojos verás siempre, al lado donde sale el sol, los tres cerritos que se llaman los Llanganatis que están en forma de tres, como el de callo el Tacunga, que dan las tolas en línea recta las del cerro Hermoso.

Siguiendo este derrotero bajarás hasta llegar a la laguna verde que es la misma que se hizo a mano, ordenado por Rumiñahui, quien mandó a su hermano el cacique de Panzaleo se arroje allí todo el oro metal que quisieron los ambiciosos guiracochas para liberar a nuestro Padre Atahualpa con motivo de la orden que dio el guiracocha blanco. Seguirás, te digo, el cerro de Guapa, siempre con la montaña hasta que llegues al gran manchón de las grandes sangurimas que hacen de la confundir a los que anden por allí porque desvían del derrotero flechas.

“Pues te diré que ese manchón es el guía que llevarás siempre hasta la mano izquierda hasta cuando llegues al juncal grande; desde el juncal grande, a media ladera pasarás por medio de él, donde verás dos lagrimitas que llamamos “laguna de los anteojos”, por tener nariz al medio, una punta de arena semejante al Cuilcoche de Otavalos; desde este sitio volverás los ojos donde sale el sol y verás otra vez los Llanganates como lo viste otra vez desde el alto del gran Guapa y te prevengo que no te engañes porque dichas lagunitas has de dejar siempre a tu izquierda y siguiendo siempre con mano izquierda de nariz o punta verás un gran llano de paja donde es dormida del segundo día donde se deja las bestias y seguirás con pie hasta llegar a la laguna negra llamada Yanayacu, la cual dejarás a la izquierda, bajando con mucho cuidado a la ladera, llegando a la quebrada, llegando a la gran Chorrera que es el golpe del agua o Chorrera del Golpe, donde pasarás por puente de tres palos.

Y si estos no halla ya, buscarás sitio poniendo otro puente donde verás la choza donde sirve de dormida, unida a la gran piedra donde están trazados los derroteros. Al otro día seguirás el viaje por el mismo derrumbe de la montaña, llegando a la quebrada cerca muy honda donde pondrás palos para poder pasar con mucho tiento, porque es muy honda.

Así llegarás a los pajonales donde braman los rayos del cielo, siguiendo los grandes llanos; y viendo que termina el gran llanete entrarás en una grande cañada entre los tres cerritos, donde toparás con camino empedrado del inca y donde verás las puertas del socavón que está hecho como si fuera de iglesia; caminarás un buen trecho hasta topas con chorrera que sale de un hijo del cerro de Llanganates más grande haciendo tembladeras donde hay bastante oro que metiendo la mano sacarás otro granado. Pero para subir el cerro dejarás la tembladera y tomarás mano derecha por encima de chorrera, subiendo para dar vuelta el hijuelo y si acaso esta boca del hijuelo está tapada ha de ser con salvaje o musgo.

Quita con las manos y darás con la puerta donde verás la guaira donde está horno para fundir metal. Si quieres regresar procura coger el río que queda a mano derecha, cogiendo playa para el hato siguiendo siempre el cañón del desagüe de la laguna; luego seguirás a mano derecha hasta cuando veas la nariz de las lagrimitas de anteojos y el gran Guapa que siempre deja atrás al pueblo de Ambato; seguirás cerro de mayordomo siguiendo pajonales fríos para bajar a Píllaro

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